sábado, 25 de enero de 2020


Carta de un esposo amando la rutina.
                   
Nada deja recuerdos más gratos que la rutina, la feliz rutina de un día. Despreciada por todos y vista como algo que se debe evitar, más para mí…
Despierto y estás allí, junto a mí. Muchos buscan en vano placeres, lejanos lugares o extravagantes lujos, lo que yo, cada mañana vivo sólo por despertar. ¡Tan fácil, tan cerca! Luego, esa tierna respuesta tuya tras mi caricia de despedida… ¡ah!, remedia todo desánimo antes de partir. Es fácil tener un buen día, así.
Después: el camino al trabajo. ¡Oh! Cada detalle en el cielo, esas bellas nubes o la triste neblina invernal. Los distintos acordes que infunden el frío, el calor o la luz del sol a cada imagen, a cada objeto del camino. ¡Ah, y esa hora! La noche ya no está, pero, estuvo recientemente y su estela de misterio está aún allí. Y también, hay ciencia. Por ejemplo, meditar en la complejidad maquinal detrás del mero acto de caminar o de observar, convoca a las más complejas ecuaciones. A veces, he deseado realizar este trayecto en un día no laboral, para detenerme en aquella contemplación sin los apremios de la obligación.

FVL/ksi

jueves, 23 de enero de 2020





Lee las siguientes palabras escritas por el presidente Woodrow Wilson a su querida esposa Ellen después de haber estado casados por 17 años: “Todo lo que soy, todo lo que me ha llegado en vida, te lo debo…No podría ser lo que soy si no hubiera tomado tal felicidad serena que viene de mi unión contigo. Eres la primavera de la satisfacción; y mientras te tenga, y tu también seas feliz, nada más que el bien y el poder puede venir a mí. Ah, mi pequeña esposa sin comparación, que Dios te bendiga y te mantenga con él.” Y después de haber estado casado por 28 años, él escribe desde la Casa Blanca: “¡Te adoro! ¡Ningún presidente más que yo ha tenido exactamente el tipo correcto de esposa! Ciertamente soy el hombre vivo más afortunado.” Y en otra carta: “No puedo pensar en nada mientras escribo más que en ti. Mis días no están tan llenos de ansiedad y de una sensación de responsabilidad profunda como los están de ti, mi cariño ausente, quien aún actúa como el personaje principal de mi vida a cada minuto del día.” Estos fueron tomados de “The Priceless Gift”, una colección de cartas escritas por el presidente Wilson a su esposa Ellen. Cada carta es una carta de amor, caluroso e íntimo. Quizás algunas de ustedes crean que sus maridos son incapaces de sentir tales sentimientos, o al menos incapaces de expresarlos. Lo dudo. Las cartas cálidas y tiernas del presidente Wilson fueron una sorpresa para cualquiera que conociera su personalidad—aquella de un maestro sin emociones. La mayoría de los hombres tienen la capacidad de ser tiernos, románticos, y llenos de adoración, si es que estas pasiones son despertadas en él por su mujer.

viernes, 22 de marzo de 2019

Maravillas de la lactancia

https://www.facebook.com/257595950917929/posts/2332719316738905/

Hoy me llegó este enlace, donde se ve la ruina una mamá y el desagrado de atender a su bebé, el odio que tiene hacia su esposo porque no le ayuda....
Esa es mi percepción...
Cómo saben tengo 3 hijos y viene el 4to en camino, jamas para mí fue un desagrado dar de mamar a mis hijos, es súper súper cansador también lo se, pero es parte del periodo de lactancia dónde nuestros pequeños dependen absolutamente de nosotras. 
En los comentarios de esa publicación solo vi críticas hacia los maridos que solo duermen y no ayudan en nada, y la que hablaba bien de ellos era porque reemplazaba el papel que ella deberia estar haciendo...cómo ha cambiado la crianza, la influencia feminista posmoderna, ha hecho estragos en nuestra familia.

viernes, 8 de marzo de 2019

Magnesio, Calcio para los calambres durante el embarazo

Los calambres son contracciones musculares involuntarias y dolorosas que aparecen con mayor intensidad en las piernas y suelen “atacar" de noche, precisamente cuando el cuerpo descansa.
El dolor producido por la tensión muscular puede llegar a ser bastante intenso interrumpiendo el sueño de la futura mamá, que justamente hacia finales del embarazo es difícil de conciliar.
Calcio: Yo estaba tomando calcio cuándo me vinieron los calambres a las 28 semanas de embarazo,y me di cuenta que eso no era. Averiguando en internet encontré  esto:
Se estima que el 80 % de las personas en los Estados Unidos tienen una deficiencia de magnesio, un mineral que desempeña un papel vital en la función muscular saludable.
Los bajos niveles de este compuesto pueden provocar calambres, así como otras afecciones musculoesqueléticas como fibromialgia y dolor de espalda crónico. El potasio, otro mineral, también se ha relacionado con los calambres.
Si busca reducir su riesgo de calambres, es importante que consuma alimentos saludables para que su cuerpo funcione en óptimas condicones. Algunas de las fuentes más ricas en magnesio son verduras de hojas oscuras, como el kaleo col rizada y las espinacas.
También puede consumir frutos secos crudos y sin pasteurizar como almendras y avellanas, al igual que cierto tipo de frutas como las manzanas. Por otro lado, algunas de las mejores fuentes de potasio son aguacate, papaya y salmón silvestre de Alaska.
Comencé a consumir acelga y espinacas y no me volvieron nunca más!
Espero les sirva a ustedes también...
Cariños

jueves, 17 de enero de 2019

Tener más hijos?

Cuando me casé, decidí no trabajar más. Siempre he querido tener una familia grande... voy en mi 4to hijo y mi tope son 5...Pero depende de las circunstancias que vivamos, del entorno que influye en nosotros...Si trabajas claro que es más difícil tener muchos hijos, en mi caso, el ideal eran 7 hijos, pero uno va viendo con cada hijo si es que puede tener otro, se requiere de mucha PACIENCIA, DISCiPLINA Y CONSTANCIA....es dedicación a cada uno de ellos, yo no tengo un caos en mi casa, todos mis hijos me obedecen y creo que eso es una de mis mayores motivaciones para tener otro, es difícil, si, pero estoy descansada a la vez...veo como mamás con 1 hijo están colapsadas, es triste , porque además la sociedad no ayuda, uno está "solo" antes los profesores ayudaban a la disciplina, hoy no...pobre del que me toquen a un hijo, la abuelita de hace 15 años que estaba en la calle y escuchaba un garabato a un niño por ahí, te mandaba a lavar la boca con jabón, la tv y muchos ej más.
Mi esposo es bien sabio en temas de crianza, gracias a él he podido hacerlo, el me enseña y yo lo pongo en práctica. Nos complementamos...Hoy las mamás casi ni ven a sus hijos, prácticamente los niños están siendo criados por terceros, por el internet, y la Tv...creo que sí uno no va tener el TIEMPO ni la DEDICACIÓN, mejor no tener hijos.

martes, 17 de abril de 2018

No soy una buena mujer



José creía que conocía el Evangelio hasta que Elisa llegó a su vida.

Por Juan Paulo Martínez.

Detrás de sus ojos verde claro, tono que hacía crispar los cielos azules cuando se les contemplaba en su presencia, había una mirada triste, llena de esa nostalgia que siente aquel que añora un tesoro que se ha tragado la mar.
Aunque su carácter era tierno y servicial pocos sabían que Elisa, esa mujer joven, blanca y de cabello café amechado, cargaba dentro de sí una pena que no dejaba de atormentarla. Elisa estaba enamorada de José, un muchacho dedicado a las letras y al discipulado de los jóvenes que se iban uniendo a la iglesia local cada año.
José, alto y delgado, de tez clara y voz varonil, tenía un garbo inusual para su edad. Y es que sabía escuchar a los demás, lo que pintaba su carácter de nobleza. José estudiaba para servir mejor a la iglesia y por ende dominaba varias materias bíblicas. A los que le escuchaban les encantaba aprender junto a él porque era divertido y a la vez contundente. Alguien a quien tú podías seguir. El sello de su personalidad era la honorabilidad, cualidad que Elisa celebraba como única en el secreto de su corazón.
Elisa y José apenas y se saludaban. La simpatía entre ambos era natural y respetuosa. José era un caballero y Elisa se sentía cohibida ante lo que le parecía una galanura que ella no se merecía. Cada vez que Elisa le miraba, esa noche pensaba en él, oraba por él pero luego se deprimía. Era insoportable sentirse indigna y a menudo tropezar en la oración para que Dios le concediera un esposo como José. Elisa era soltera y él también. ¿Qué impedía entonces que el cortejo sano procediera?
Gabriela era la mejor amiga de Elisa. Se habían conocido en un campamento juvenil hacía un año. Justo en aquellas reuniones es que Elisa había dedicado su vida a Jesús, haciendo profesión de fe y decidiendo abandonar la vida de pecado. Gabriela le había ayudado a Elisa a enfrentar los desafíos de su nueva vida, escuchándole y aconsejándole en el temor de Dios.
- Elisa, ¿Cómo estás? ¡Acompáñame por un café! Estoy super ansiosa por degustar un capuchino con uno de esos cuernitos recién horneados que venden a esta hora.
 - Seguro, Gabi, solo deja que le avise a mi mamá y te alcanzo en el centro.
 - ¡Ok! Nos vemos entonces.
 Elisa colgó el teléfono y se vistió para salir.
 - Mamá, ya vengo. Voy al Café Real con Gabi.
 - Sí, hija. Solo recuerda que vas a ayudar a tu abuela a trasplantar sus gardenias- respondió su madre.
Elisa vivía a tres cuadras del lugar. Llegó y se sentó a esperar a Gabriela. La imagen de José no se apartaba de su mente. Era tan maravilloso oírle y verle. Hallarse en su mirada, cuando menos unos instantes, hacía que Elisa se elevara en una sensación de paz que quisiera no terminara jamás. Pero seguido del momento iba casi al llanto al preguntarse qué clase de fantasía era esa en la que ella y José podrían alguna vez conocerse mejor.
- Perdón por tardarme. Se me atravesó un autobús y tuve que perderme dos semáforos en verde. ¡Dos! ¡Puedes creerlo!
 - No te apures.
 - Pero dime, ¿Por qué esa cara tan larga? ¿Otra vez? ¿No hiciste lo que te dije?
 - ¡Gabi, por favor! Es que tú no me entiendes. Para ti es fácil. Naciste en un seno de una familia cristiana. Tu papá es diácono. Ojalá y yo hubiera sido criada en un hogar así...
 - ¿De qué hablas? Eli, la vida en Cristo es intensa para todos los cristianos. No es fácil para nadie. Todos tenemos pruebas de fe que atravesar.
 - Sí, pero yo... Yo no tengo nada que ofrecerle a ningún hombre de Dios. Estoy comenzando a pensar en que me quedaré soltera para siempre.
 - Eli, no salgas con que ya eres feminista- Gabriela hizo una seña al camarero para ordenar un par de cafés y su pan.
 - ¿Te burlas?
 - Perdón. No sabía que estabas tan sensible hoy.
 - Ayer miré a José. Por más que quiero no puedo cruzar con él más de tres palabras. Sabes, he pensado en cambiarme de iglesia.
 - Eli, tranquila. José es alguien que puede intimidar. No es agresivo. Pero es muy directo. Sobre todo, Elisa, José es un caballero. En verdad, no creo que vaya a lastimarte de ninguna manera. Total, cuando menos comienza por una amistad cordial. No dejes que estorbe tu pasión por él algo que puede ser bueno y sano.
 - Yo no he dicho que él vaya a lastimarme. Gabi, es que temo lastimarlo yo.

Las lágrimas de Elisa comenzaron a caer como dos hilos de manantial que brillan con el sol. Sus ojos eran verdes pero su llanto cristalino. Ella había tenido un pasado lleno de inmoralidad sexual. Se había arrepentido de su pecado y aunque lo había llorado amargamente no podía verse digna de una nueva relación personal en su nueva vida en Cristo. En otro tiempo ella había permitido toda clase de intimidades sin reparar en el futuro y en su dignidad. Había usado a los demás y se había dejado usar por ellos. Existía gente, de aquellas experiencias, que con tan solo verla en la calle esbozaba una sonrisa picara y malévola. Todo esto destruía su confianza en el futuro. Como nueva creyente Elisa padecía los embates de la tentación y la autohumillación quedándose en el desamparo emocional, a merced de sus pensamientos tóxicos.
-Eli, no llores. Me harás llorar a mi también. Recuerda lo que dice 2 Co. 5.17: «Si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!». Tu pasado está enterrado en el fondo del mar. Jesús perdonó a los que se arrepentían. A gente como tú y como yo. La Iglesia, Elisa, no es un museo de gente perfecta sino un taller donde pecadores trabajan para ser santos como su Maestro.
- Sí- respondió Elisa, lacónica, para después darle otro sorbo a su humeante café.
- Antes que pensar en José debes pensar en tí como una nueva criatura. No puedes crecer en santidad arrastrando las cargas del pasado. Una vez el pastor dijo que cuando tú permaneces en el pasado entonces estás despreciando la cruz de Jesús. Es como si el sacrificio de Cristo no hubiera sido eficaz en tu vida. Como si lo que él hizo no fuera suficiente para pagar por tu pecado.
Elisa retiró sus lágrimas del rostro con un pañuelo mientras recuperaba la compostura.
-Gracias, Gabi. Tú siempre me exhortas a ser mejor. Yo doy gracias a Dios por hermanas como tú. Pero me tengo que ir. Nos vemos el sábado en la iglesia.
Ambas se dieron un abrazo. Parecían un par de minutos lo que había sido una charla profunda y más extensa.
Elisa meditaba en lo que Gabriela le había dicho.

José llegó temprano a la iglesia para orar. Su primo Zabdiel, quien además era su mejor amigo, lo alcanzó en esa ocasión y oraron juntos. El pastor le había prestado las llaves de la iglesia para que pudieran preparar todo antes de que él llegara. Aunque José compartía los estudios el pastor procuraba estar en su oficina para atender discipulados y otras responsabilidades. José era un joven de confianza.
-José, ¿Ya escuchaste lo nuevo de «Don Arcángel»
-Ya sabes que detesto el regetón.
-¡Vamos! Tan solo dale una oportunidad. Escucha la canción de «Ritmo apostólico». Te gustará.
-No, gracias.
-Tú y tus himnos. Pero pasando a otro tema, te he querido preguntar por Esperanza. La hija del pastor. ¿A poco no te has dado cuenta de cómo te mira?
-Zabdiel, mejor cállate. Te va a escuchar el pastor y me vas a meter en un problema. ¡Cómo se te ocurre!
-¡No te hagas el que la virgen te habla!
-No tienes remedio - respondió José mientras apilaba sus libros en un escritorio del salón- Yo respeto a Esperanza. Ahora estoy concentrado en mis estudios de teología. ¿Por qué no «te avientas» tú, eh? ¿Le sacas?
-¡Jaja! - soltó una carcajada Zabdiel.
Entonces comenzaron a llegar varios jóvenes a la reunión.
Gabriela llegó junto con Elisa. De inmediato Elisa cruzó miradas con José y se saludaron de lejos. Zabdiel, atento a lo que ocurría, dijo bajando la voz:
-¡Ah, ya entendí! Conque de eso se trata… ¡qué bárbaro!
- ¿Ya estas delirante de nuevo? - respondió José llevándose las manos a la nuca para relajarse.
-Esa es Elisa. Lo sé porque Gabriela es mi contacto en Face y ha subido un par de fotos de ella. Tiene poco en la iglesia. Muy callada.
-Al lado de ti, Zabdiel, un cotorro se queda chico.
- ¡Cálmate!
La clase empezó. José oró al Señor y después leyó Tito 3.3: «En otro tiempo también nosotros éramos necios y desobedientes. Estábamos descarriados y éramos esclavos de todo género de pasiones y placeres…».
-Dígame alguno de ustedes si se ha identificado con lo que acabo de leer - desafió José a su audiencia. Algunos levantaron la mano y otros asintieron con la cabeza. El corazón de Elisa comenzó a arder. El versículo había estallado en su interior. Esas palabras «desobediencia» «placeres» le recordaban su indignidad. José prosiguió:
-Bien. Ahora leamos el versículo 4: «Pero cuando se manifestaron la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia sino por su misericordia…». Entonces ahora díganme ¿Quién de ustedes se identifica también con esta porción de la Biblia?
Varios levantaron de nuevo la mano. Elisa parecía desconcertada. Pasó entonces lo más inesperado. José se dirigió a ella diciendo:
-Elisa ¿cierto?
Ella tragó saliva y sintió su palpitar en la garganta- Sí. Me llamo Elisa.
-Elisa, ¿Tú crees que Jesús salva a los pecadores que se arrepienten?
-Supongo.
-¿Crees que hay un pecado que Dios no pueda perdonar?
-La verdad no lo sé.
-Escuchen todos. El único pecado imperdonable es la falta de arrepentimiento. La dureza del corazón para reconocer nuestra maldad puede llevarte a la condenación. Porque Dios no desprecia al corazón humillado y contrito pero sí al soberbio y altanero. De manera que ustedes deben estar seguros de que el perdón de Dios es total si nosotros cambiamos nuestra forma de vivir por amor a Dios.
Hubo un intercambio de preguntas. José contestaba a todos con sabiduría y tacto. Elisa trataba de comprender lo que había oído. Subrayó en su Biblia con una pluma morada el versículo 4 de Tito que acababan de leer y anotó al margen: «Tarea». Después de un rato terminó la clase y una vez oraron José y los demás se marcharon de la iglesia.

El verano seguía su curso. José comenzó a conversar, en momentos breves, con Elisa. La charla era de tipo «¿Qué versión de la Biblia te gusta más?» «¿Qué quiere decir este pasaje?», y así por el estilo. Gabriela seguía de cerca esa relación. Aconsejaba a Elisa. Para entonces ya la había convencido de que antes que pensar en José como hombre lo tratara como un miembro de la iglesia con quien podía apoyarse en sus estudios de la Biblia. Elisa pareció olvidar por un momento la atracción que sentía por José. Al parecer las oraciones de Gabriela habían sido contestadas.
Pero como ocurre a menudo en los asuntos del amor, Elisa y José comenzaron a hablar más y más tiempo, cada uno sintiéndose alegre en compañía mutua. Gabriela solía acompañarlos junto con Zabdiel, aunque para aquella este resultaba un tanto odioso por sus constantes bromas sin sentido.
Ocurrió entonces que los jóvenes asistieron a un boliche para pasar el rato. Elisa y José pudieron ocupar una mesa pequeña y alta mientras disfrutaban de un refresco y un revoltijo de tortilla, queso cheddar y jalapeños, que en ese local llamaban elegantemente «Nachos Supreme». En un momento Elisa vio cristalizada una ilusión perdida, la de tener una charla honesta, limpia y libre de dobles intenciones con un hombre. En el ayer Elisa había sostenido conversaciones impropias y los varones habían aprovechado la ocasión para aderezar su lujuria verbal. Ahora, después de mucho tiempo, hallaba en José a un varón que la miraba con respeto, con la delicadeza de una dama y con una intención transparente, cálida y compasiva.
Sin embargo, así como el viento derriba un castillo de naipes, del mismo modo los nervios traicionaron a Elisa y sintió el vértigo de su pasado derrumbarse sobre su cabeza. Se levantó aterrorizada y sollozante, y sin decir más se apartó saliendo por la puerta principal del boliche.
José, estupefacto, la siguió preocupado. Al alcanzarla afuera ya la tarde estaba vistiendo el horizonte. El bullicio del lugar cedió ante el cantar de los grillos y el sonido de algunos pocos automóviles que cruzaban el boulevard.
-Elisa, ¿qué tienes?
-Perdóname, José - expresó Elisa con una dicción ahogada en emociones.
-¿Perdonarte qué?- respondió José con pesadumbre- No tengo nada que perdonarte ¿Por qué lloras, Elisa?
Elisa se hablaba a sí misma, en su interior, con terribles adjetivos descalificadores: «Eres una tonta» «Echaste a perder tu vida» «Ningún hombre querrá tenerte por esposa» «La gente del pasado se burlará de ti y de tu esposo, si llegaras a casarte» «No vales nada». Mientras más meditaba en estas cosas más oscura se volvía su personalidad y José alcanzaba a notar que una tormenta atravesaba por aquella mujer que lo inquietaba. Pero no entendía. No se imaginaba.
Elisa, en el trato, era de un hablar puro. Tenía un talante sereno y curioso por los asuntos divinos. Quería aprender. Era servicial. No dejaba que José se pusiera de pie por una servilleta siquiera. Le atendía en lo que podía. Y cuando sonreía el rostro se le iluminaba como un espacio donde mil estrellas unen su refulgente brillo dejando caer sus polvos encantados. Vestía recatadamente de manera que su rostro se convertía en el foco de atención ante su compañía. Su perfume era delicado como sus manos. José jamás decifraría que aquella joven cuidadosamente deslumbrante hubiera vivido una vida licenciosa apenas un año atrás.
-José, tengo que decirte algo…
El corazón de José palpitaba desesperadamente. Aquello era demasiado para su carácter sencillo y directo. José rechazaba los acertijos. Por eso era bueno en la teología, porque no le gustaba especular sin brújula sino construir su pensamiento desde la revelación de Dios.
-Habla, Elisa. Di lo que sea. No importa lo que sea. Aquí estoy para ti.
Elisa elevó sus ojos verdes hacia él.
- José, yo te admiro mucho. Cuando te conocí en verdad me cautivaste.
José comenzó a sentir un calor especial en su alma. Una alegría sutil brotaba al oír que Elisa lo tenía en tan alta estima. Porque él también se sentía atraído por ella. Se sentía correspondido. Deseó por un segundo que aquella confesión se apresurara para poder decirle que él también deseaba conocerla mejor.
Pero debes saber algo sobre mí - prosiguió Elisa. Yo no soy una buena mujer para ti.
-De qué hablas - interrumpió José al mismo tiempo que se inclinaba hacia ella.
-José, yo no soy virgen. Yo ya tuve relaciones sexuales. No sabía lo que hacía. Bueno, creo que sí… No lo sé. Fue un tiempo que dejó mucha amargura en mi ser.
Elisa bajó la cabeza y siguió hablando mientras observaba el suelo, ese suelo frío en el explotaban las gotas de lágrimas que ella vertía.
-Quisiera que esto jamás hubiera pasado. Daría lo que fuera porque yo hubiera entendido que lo que hacía era denigrante y que tarde que temprano tendría que pagar. José, cuando llegué a la Iglesia yo no podía dormir. Sentía mareos. Llegué a pensar que había enfermado. Pero era ansiedad y dolor. Entonces poco a poco comencé a entender la Biblia. Conocí a Gabriela y ella me ha ayudado desde entonces. Aunque ya duermo mucho mejor, al conocerte a ti un nuevo nudo se plantó en mi ser pues ¿Cómo agradarle a un hombre con tus cualidades, con tu carisma? ¡Tú mereces una buena mujer! Y yo… Yo...no lo soy.
José permaneció mudo. Su rostro no decía mucho. Parpadeaba como quien se extravía en una conversación que no es capaz de comprender del todo. Su desconcierto era evidente pero Elisa no lo notaba porque permanecía con su rostro inclinado. De súbito José se dio cuenta de que Elisa había concluido su confesión. Fiel a su preparación José optó por lo más fácil que era recitar lo que había aprendido a comunicar sobre el perdón de Dios. Le habló de que el arrepentimiento es lo que Jesús ordena y que el Señor acompaña a los que lo buscan en pos de su misericordia. Quiso, como pudo, hacerla sentir amada por Dios.
Pero José estaba a punto de enfrentar una de las pruebas más difíciles de su vida.

Al llegar a su casa José apenas y saludó a su madre. Encerrado en su habitación comenzó a llorar desconsoladamente. Él no era del tipo melancólico que lloraba a las primeras. Lágrimas extrañas fluían mientras intentaba ahogarlas para no alarmar a los que estaban en el hogar. Si hubiera podido hubiera gritado. Lloraba pensando en el sufrimiento que había atravesado Elisa pero también lloraba el desmoronamiento de una ilusión que él tenía: el enamorarse de una mujer en la que, a pesar de los pecados y las imperfecciones, no cupiera la inmoralidad sexual. José estaba consciente a nivel intelectual de que en Cristo la gente era una nueva criatura. Lo que no había enfrentado era la posibilidad de que Dios lo pusiera en una situación en la que tuviera que amar como Jesús. Amar a pesar de todo.
Abrió su Biblia y leyó que «Ya no hay más condenación para los que están en Cristo Jesús». También fue al Evangelio para leer la historia del hijo pródigo al que su padre le había hecho una fiesta por regresar a casa después de una vida de pecado. Él entendía todo eso pero no lograba aterrizarlo en su corazón. Eso enseñaba. Eso decía que nos hacía parecidos a Jesús. Pero en esa hora su corazón aparecía poroso, renuente, hostil. El dolor crecía en la medida que recordaba aquella dulce mirada de Elisa, mirada que deseaba contemplar, al mismo tiempo que pensaba en que estaba enamorado de una mujer que le había dado un golpe de realismo a su cosmovisión cristiana.
Pronto el dolor de José se transmutó en miedo. Sus emociones degeneraban en una avalancha de reflexiones inútiles. El temor le llevó a pensar en que quizá un futuro con Elisa estaría lleno de incertidumbre. Por alguna razón él creía que la virginidad era una garantía de fidelidad y tranquilidad. Temía ser engañado. También le daba miedo que ella hubiera enfermado. Pero sobre todo, tenía miedo de que en el corazón de Elisa se hubiera estacionado para siempre el sabor de otro amor, de otros brazos, de otro aroma y otros besos. Que allí en un rincón de su alma hubiese quedado la semilla de un amor perdido que ella deseara el día de mañana volver a cosechar.
En este punto el miedo de José se tornó en ira. Se enojó con Dios porque, según entendía, lo había puesto en una situación así al permitir que él se enamorara de ella. También enfureció ante la posibilidad de hallar que otros hombres o alguien más se riera de él. Pero el mayor coraje era que se descubrió a sí mismo juzgando a Elisa, haciendo exactamente lo que él enseñaba que no debía hacerse. Tuvo que reconocer con dolor, miedo y enojo que él era un hipócrita que se sentía tácitamente inmaculado. Ese día se odió a sí mismo.
-Amor, te habla tu primo - interrumpió su madre del otro lado de la puerta de su habitación.
José se incorporó, se miró al espejo con el rostro rosado por su soliloquio de consternación y respiró hondo.
-Ya voy, mamá.
Salió así al encuentro de Zabdiel que ya lo esperaba con los audífonos puestos, tarareando una canción de moda entre la juventud cristiana.
-Oye, ¿no sabes? - dijo Zabdiel quitándose los audífonos.
-¿Qué cosa?
-Habrá una fiesta por el cumpleaños de Matías. Quieren que tú compartas un mensaje breve. Es el viernes próximo. El papá de Matías, don Miguel, me pidió que te avisara.
-Está bien. Dile que iré. Si no, de todos modos yo le hablo.
-Vamos a la cancha.
-Ahora no, Zabdiel. Estoy un poco agotado.
-¿No será «enamorado»? - replicó con una sonrisa socarrona. Todos sabemos que entre tú y Elisa hay algo…
-Ya basta, Zabdiel. Buenas noches.

El viernes llegó y la fiesta de Matías estaba lista. Habían acondicionado la sala y el comedor con toda clase de botana y bebidas gaseosas. Su padre que trabajaba por temporadas fuera de la ciudad quería darle a su único hijo una sorpresa esta vez, como compensando las largas ausencias que su familia tenía que padecer.
Este día José llegó, contrario a sus costumbre, un poco tarde. Llegó buscando a Elisa. Creyó verla a lo lejos pero estaba en un error. Elisa no había llegado. No sabía si asistiría. Y es que no había hablado con ella desde el día de la confesión.
Una descarga de adrenalina recorrió su cuerpo cuando miró a Gabriela llegar. Pensó que Elisa vendría con ella. Caminó a su encuentro y le saludó al mismo tiempo que buscaba inútilmente encontrar a la joven que le había encantado el corazón.
-Gabriela, perdón. ¿No sabes si vendrá Elisa?
-Me dijo que se resfrió. Así que no vendrá. - Entiendo. Gracias.
-¡De nada!-concluyó Gabriela a la vez que se dirigía a la sala para felicitar a Matías.
-¡Atención todos!-se oyó al papá de Matías decir. Hoy es un día muy importante porque mi hijo Matías cumple años. Yo quisiera que José dijera algunas palabras y una oración. ¿Puedes, hijo?
José dejó el vaso de refresco sobre una mesa de centro y dijo:
-Sí, señor. Matías, hermano, hoy nos reunimos para darle gracias a Dios por tu vida. Tú eres muy importante para todos nosotros. Y lo sabes.
Matías sonreía.
-Dios dice en su palabra que él nos formó desde que estábamos en el vientre de nuestras madres. También dice que todos tenemos un propósito que cumplir y que cada cosa que nos sucede es para el bien de los que aman a Dios. Por eso, Matías, yo le doy gracias a Dios por tu vida y le pido que cumpla su propósito en ti.
José, en el fondo, se sentía incómodo hablando estas cosas. Se sentía sucio. Manchado por una actitud anticristiana, la que había tenido después de escuchar a Elisa contar su historia personal. Aunque ella no lo había visto en ese estado él sentía como si ella hubiera escuchado cada uno de sus pensamientos. Tenía que verla. Cuando menos para ver qué era lo que sucedería al final para los dos.
Entonces cerró los ojos y oró:
-Padre, bendice a Matías en su cumpleaños. Bendice a su familia que organizó esta fiesta. Ayúdanos a ser de buen testimonio para él. Dale salud y sobre todo, dale… dale…
José derramó una lágrima pero no abrió los ojos. Resistió y concluyó a la fuerza de voluntad diciendo:
- Dale el coraje para ser como tu Hijo Jesús y andar en sus pasos. Amén.
Al abrir los ojos los invitados comenzaron a vitorear a Matías. José aclaró su garganta y se dispuso a salir a tomar una caminata por la cuadra. Quería despejar su mente. Les había pedido a todos en la oración que oraran para que Matías fuera como Jesús y no dejaba de pensar que él no predicaba con el ejemplo.
Ese día terminó sin novedades sobre Elisa. La distancia, relativa distancia, empero, había permitido que José meditara las cosas con mayor calma. Pero por sobre todas las cosas él recordaba los mares profundos que contenían los ojos verdes de Elisa, así como su mirada inocente y dulce, siempre atenta y cordial. Pronto comenzó a creer que la Elisa que él conocía en realidad era una Elisa distinta a aquella mujer que vivía sin Cristo una vida de pecado. Tal vez estaba delante del amor de su vida. ¿Y si lo perdía por no ser capaz de aceptar la realidad? José se miraba como en una montaña rusa en la que lo invadía primero el delicioso ensueño del amor y segundos después las inseguridades de un inexperto en la vida misma.

Una estaca de olivos negros se erigía a largo del parque. Los pajaritos hacían piruetas y el aire acariciaba la árida piel de algunas lagartijas que tomaban el sol desde las piedras. El día era tranquilo aunque el alma de José y Elisa desencajaban en el cuadro.
Allí, sentados en una banca, los dos se encontraron después de dos semanas de no haber tenido contacto, ni siquiera en la Iglesia. Ella había podido evadirlo en cada ocasión. José había logrado a través de Gabriela que aquella reunión se concretara. A lo lejos Gabriela esperaba a Elisa en su automóvil.
-Elisa, yo…
- Está bien José. No te preocupes por mi. Solo pido tus oraciones.
Elisa se miraba serena. Aunque su angustia existía la resignación le había ayudado a aminorarla y eso le traía descanso.
José le miró fijamente. Pensó que debía ser tan franco como nunca. Elisa no merecía ninguna clase de rodeos ni mucho menos recriminaciones. La verdad era que él se sentía desarmado frente a ella. Al verla se disipaban sus temores. Era el aquí y ahora. El magnetismo de aquella voz suave de Elisa le impedía divagar. A José le quedaba claro que quería conocerla un poco más cada vez.
-Elisa, seré muy honesto contigo. Cuando me contaste tu historia me sentí triste por ti. Pero descubrí además, de forma muy extraña, que quisiera conocerte mejor.
El rostro de Elisa se encendió y esbozo una sonrisa tenue. Ella había augurado los peores pronósticos. Aquella noche, después de hablar con él se había debatido creyendo que todo estaba arruinado. Sabía leer a la gente y aunque José había sido muy cortés era imposible que no hubiera notado el desasosiego que la noticia le había causado.
-Yo no imagino lo complicado que debe ser para ti todo esto- expresó José sin parpadear. -Pero estoy seguro de algo Elisa: tú eres para mí una chica distinta. Y no quiero que nos alejemos. ¿Sabes? Dios reservó la intimidad para el matrimonio. Ese es su plan perfecto. Pero algunos nos perdemos en el camino para luego darnos cuenta de lo que hemos hecho. Recordé el episodio de aquella mujer a la que Jesús perdonó su inmoralidad sexual. Jesús dijo que «ama más a quien se le perdona más». Y con enorme dolor, Elisa, yo me he dado cuenta de que me falta comprender la anchura del amor de Dios. También necesito revisar mi propia vida para notar la gran misericordia que el Señor ha tenido conmigo al igual que contigo y con todos los demás.
José se puso de pie y la invitó a caminar. El vestido de Elisa color verde pastel caía hasta debajo de sus rodillas. Su andar era natural y cándido; parecía bailar sobre ese par de sandalias impecables coronadas con un botón de piel en forma de girasol.
-Elisa, he descubierto que no se puede amar a alguien que uno ha inventado en su propia mente. No puedes amar una fantasía, un producto de tus anhelos, una persona irreal. Uno no se casa con personajes perfectos sino con personas de carne y hueso, con debilidad, luchas y también virtudes.
Elisa frunció el entrecejo al oír a José hablar de matrimonio. Pero no se quería equivocar. Así que dejó pasar ese pensamiento.
-Yo estoy lleno de defectos. Soy un pecador, Elisa. No soy mejor que mis padres. No soy mejor que nadie en la iglesia.
-No hables así, José.
- Mira, Elisa. No sé que es lo que esté a la puerta para nuestras vidas pero quiero pedirte, con todo respeto, que me dejes conocerte más.
Elisa se detuvo abruptamente. Lo miró con sus ojos brillantes y rompió la solemnidad de José con una suave risa. De forma modesta se impulsó sobre las puntas de sus pies y llevándose las manos tras de sí exclamó:
-¡Claro que sí!
En ese momento en el corazón de Elisa se comenzaron a desbaratar las murallas que el miedo había construido. El colapso de la inseguridad dio paso a la aceptación amorosa y pacífica que experimentó en su alma. Un nuevo gozo la vistió de energía y sintió los ímpetus alegres que ofrece la oración contestada.
Un claxon rompió el momento. Gabriela gritaba:
-¡Eli, vámonos!
-Me tengo que ir- explicó Elisa- pero nos vemos en la iglesia.
Ella le sonrió y se marchó. José no dijo nada. Estaba embelesado por esa sonrisa que se le había grabado en la mente para siempre. La sofisticada belleza de Elisa hacia pensar a José en la presencia del Espíritu Santo hermoseándole el rostro a su enamorada.

El siguiente año Elisa y José continuaron conociéndose más. Para el otoño el pastor ya estaba aconsejándoles a ambos acerca de la vida matrimonial. Elisa había logrado dejar atrás sus temores y José había enfrentado la realidad de lo que significaba amar como Jesús. El aprendizaje era gigantesco. Los jóvenes y ancianos de la iglesia se alegraban por ellos y la gracia de Dios les acompañaba a donde quiera que iban.
-José, tengo muchas ilusiones.
-Yo también, Elisa.
-Nunca pensé que esto fuera a pasarme. Gracias por tu amor y tu comprensión.
- No Elisa, gracias a ti por haberme dado la oportunidad de entender mejor el Evangelio, y por permitirme la delicia de soñar con un futuro colmado de ti.
FIN.

jueves, 6 de abril de 2017

Carta de un padre a su hijo

Algunos días antes de que Michael Reagan contrajera matrimonio, el que fue presidente de los Estados Unidos le envió a su hijo esta carta, encontrada en Reagan: A Life in Letters:

"Querido Mike,

Ya has escuchado todos los chistes acerca de los casados infelices y los cínicos. Ahora bien, por si nadie te lo ha sugerido, existen más puntos de vista. Te has embarcado en la relación más significativa que hay en la vida humana. Y puede ser lo que tú decidas que sea.

Algunos hombres creen que su masculinidad sólo puede probarse si experimentan escarceos, engreídos y convencidos de que si la mujer no se entera, no le dolerá. La verdad es que, de algún modo, muy profundamente, aunque ella no encuentre restos de barra de labios en el cuello de la camisa o se tope con el marido poniendo excusas acerca de dónde estaba a las tres de la mañana, una esposa sabe, es consciente, y con esa consciencia parte de la magia de la relación desaparece. Seguro que habrá momentos en que te veas con alguien o pienses en los tiempos pasados, y estarás tentado de comprobar si aún puedes estar a la altura, pero déjame contarte cómo es verdaderamente grandioso el reto de probar tu masculinidad y cautivar a una mujer para el resto de tu vida. Cualquier hombre puede encontrar aquí y allá a una idiota que acepte el adulterio, y eso no requiere demasiada virilidad. Sí se necesita ser un hombre para mantenerse atractivo y ser amado por la mujer que lo ha oído roncar, que lo ha visto sin afeitar, lo ha cuidado cuando estaba enfermo y le ha lavado la ropa interior sucia. Si de verdad quieres a una chica, no deberías querer que ella sienta, cuando ve que saludas a tu secretaria o a una chica que ambos conocéis, la humillación de preguntarse si ésta fue alguien que alguna vez hizo que llegaras tarde a casa. Al contrario, deberías querer que cualquier mujer pudiera conocer a tu esposa, y saber que la mujer que tu quieres sonríe interiormente mientras la mira, sabiendo que es la mujer a la que alguna vez has rechazado.

Mike, tú sabes mejor que nadie lo que es un hogar infeliz y lo que puede causar. Ahora tienes la oportunidad de hacer que salga del modo adecuado. No hay mayor felicidad para un hombre que llegar a la puerta de casa al final del día sabiendo que alguien al otro lado está pendiente de escuchar tus pasos.

Con amor,

Papá".