La madre que educa a un niño debe ser como los artistas, que al ejecutar una obra ponen toda su alma en ese trabajo, y no omiten detalle por pequeño que sea, para hacerlo perfecto.
Si ellos gastan tal empeño en lo que es solo materia, cuánto tiene una madre que preocuparse a su vez de su obra, a su hijo, cuando de por medio está un alma, un corazón, un porvenir, una familia, un hogar y la patria
Desde que se inicia el ser comienza la maternidad: ya hay que preocuparse de su formación. Desde ese momento es preciso dejar a un lado los perjuicios y darse por completo a él, para que sea una criatura sana y robusta.
Se dice frecuentemente: "en cuerpo sano, alma sana" y es muy cierto. Las enfermedades que casi siempre se desarrollan en las naturalezas débiles, son las que comunican al alma sus nocivos reflejos. Un niño de buena salud, es por lo general, paciente de buen carácter, y lo mismo se observa en los adultos.
En un cuerpo sano es más fácil inculcar las buenas ideas, los buenos principios. Está la inteligencia más clara para recibir lo que se le quiere enseñar, y el corazón más pronto para sentir, para emocionarse con lo bueno de que se le desea penetrar. Al contrario sucede en las naturalezas enfermizas que como no tienen el dominio de sus sentidos porque no poseen la salud completa, no pueden percibir con presición lo que se les quiere comunicar.
De todo esto se desprende que, para la madre saque provecho de lo que tiene que enseñar a su hijo, es menester que se preocupe de él, desde que lo siente en su seno, para preparar esa naturaleza cuya alma debe amoldar.
Muchas veces se sabe de señoras, que pronto serán madres, y que no se preocupan de alimentarse como se debe. A veces lo hacen por indiferencia, o por preocupaciones ridículas de estética. También se acuestan tarde, olvidando que el sueño es algo indispensable en su caso, prefieren los teatros y las reuniones concurridas, y van perjudicando, directamente al ser que vive en su cuerpo, después resulta una criatura poco desarrollada, débil, propensa a las enfermedades. Cuando nacen esos bebés, esas madres esperan con la alimentación, con los remedios del médico, suplir la falata de crecimiento que ellas impidieron.
Cuando la mujer es madre, es cuando siente la impresión que ha alcanzado el apogeo de su vida, y que se ha fijado claramente su misión sagrada en la tierra.
La maternidad tiene muchos encantos los cuales es preciso saber saborear, pues ellos son los verdaderos deleites, las verdaderas satisfacciones de la mujer y las delicias del hogar.
Desde que nace el ser, la madre debe ser la que haga todo a esa criatura, que no sean personas pagadas las que reciban sus primeras sonrisas, sus primeras palabras.
El niño agradece generosamente al que lo cuida. ¡Cuántas veces vemos por desgracia, que un chico estira los brazos a su nana y deja de lado a su madre! En cierta ocasión, estando de visita en una casa, presencié un detalle que no me pasó desapercibido: uno de los niños se pincho un dedito en una máquina de coser y, llorando como un desesperado fue donde su nana para que le viera la herida. Para esto pasó corriendo frente a su madre, y ni la miró siquiera: ella jamás lo vigilaba, no era su rostro el que constantemente veía inclinado sobre el suyo, no era a ella a quien debiera recurrir en su percance. A esa edad se obra por inclinación del corazón únicamente; los niños no hacen reflexiones!
¡Cuánta indignación producen esas madres, qué poca consideración merecen! En cambio, la maternidad bien comprendida, rodea la la mujer de un limbo sagrado, se le siente superior, se le siente fuerte, se le siente engrandecida!
Cuando los niños ya no necesitan ese cuidado de cada instante, muchas madres los confían a las nanas y ellas llevan la vida que les agrada, desatendiéndose casi por completo de sus hijos. Los niños pasan mal alimentados, no hacen vida higiénica y muchas veces viven aterrados con algún viejo que se come a los niños.
Hay muchas personas grandes que no pueden mirar tranquilamente una máscara, pues les produce cierto malestar, cierta impresión rara, que guardan desde su niñez, hacia esas caras pinturrajeadas y de terrible aspecto conque los asustaban de niño.
Cuando los niños van al colegio, que es la edad del desarrollo intelectual, es cuando más necesitan de su madre. Ella debe vigilar la alimentación para que no se debiliten con el estudio y decaiga la capacidad para comprender; necesitan una ayuda en sus lecciones, alguien que les explique con más cariño, con más detención los ramos que llevan, alguien con quien conversar que sea persona culta, que facilite el desarrollo de esas ideas que nace, que los aliente, que los estimule. Y es la madre la más adecuada para el objeto.
Debe ser muy triste al llegar del colegio, no encontrar a su madre en casa que lo reciba con un beso cariñoso, ni nadie que lo ayude a comprender mejor ese mundo nuevo que está penetrando. Hay personas que guardan el recuerdo más terrible de su época de colegiales. ¡Cuánto abandono, cuántas dificultades, cuánto vacío en esa edad en que se necesita un apoyo moral, fuerte y sólido! En cambio, he oído decir con orgullo+a otras personas que tuvieron suerte de tener una madre que comprendía ampliamente la maternidad: fuimos niños felices, nuestra madre estaba siempre en casa cuando regresábamos del colegio. Se interesaba por nuestros estudios, nos animaba, en nuestras tareas, etc."
Una vez que salen los hijos del colegio y hacen su entrada en el mundo, la madre tiene allí su principal puesto. Para las niñas es indispensable una persona que las aconseje, que las dirija en su época social. Nadie lo hace con más cariño, con más desinterés, con más previsión que la madre. Si es para los hijos, ella debe ser la rienda que los maneje, ella debe personificar el respeto del hogar y darles su experiencia, y el cariño que temple sus almas para las luchas de la vida diaria. Si se casan, la madre debe ser un apoyo moral en todas las circunstancias porque atraviesen y ella debe ser la abuela adorada, respetada y considerada por todos, como la fuente de donde ha salido esa familia modelo, que a su vez formará hijos sanos, niños vigilados, hombres rectos. Hay señoras que de buena fe se creen madres perfectas, que ponen toda su energía en cosas que debieran ocupar un segundo lugar.
Por ejemplo, conozco una que decía: "¡Me he sacrificado mucho por mis hijos!" y se sabía que se afanaba mas por tenerles los botines lustrados y los cuellos limpios que de darles un consejo a tiempo, que vigilarlos de día y de noche y que prever las circunstancias. también a ella le faltaba un poco de malicia y de desconfianza en sus niños. La madre tiene que recordar siempre, que los chicos son astutos para salirse con lo que desean y es necesario pecar por desconfiada, que por una fe ciega en ellos.
Si todas las madres comprendiesen la maternidad en toda su grandeza, si todas quisieran aceptar sus pequeños y dulces sacrificios, el hogar chileno que tiene fama de ser bien constituido, sería aún más perfecto. ¡Qué interesante es la figura de la verdadera madre, tiene reflejos divinos!
GLORIA. 1911





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